Este es la primera entrada que escribo sobre una de mis aficiones más edificantes y, por tanto, confesables: la lectura. Soy un buscador impenitente de buenas historias, de narraciones que dejen su impronta en mi corazón. Es difícil encontrar libros (o cualquier otra cosa) que nos impacte emocionalmente, pero he de confesar el tener la suerte de haber encontrado muchos que lo consiguieron.
Hace poco me comencé a aficionar a la novela histórica gracias a uno de estos libros, titulado “Las Puertas de Fuego” del escritor Steven Pressfield, al que dedicaré en el futuro una entrada para que alguien que no lo conociera pueda trabar conocimiento de tan gran libro. Espoleado en la búsqueda de más clásicos de este género leí uno de ellos especialmente recomendado y comentado: “Sinuhe el Egipcio” de Mika Waltari; la decepción que esta novela me produjo solo está a la altura de las atlas expectativas que de ella tenía: enorme.
Dejando de lado esta novela, emprendí el asalto de otro “clásico”, también muy recomendado: “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Si me permitís, voy a hablaros durante unos cuantos párrafos de este título.
“Memorias de Adriano” narra la ascensión, regencia y muerte de Adriano como príncipe de Roma desde la primerísima persona del propio emperador (ni que decir tiene que esto es una licencia estilística de la autora, el presente libro no constituye unas memorias genuinas, aunque parece que sí existieron en algún momento, aunque hace ya mucho fueron perdidas). Narra como un joven Adriano asciende en el escalafón del poder de Roma; como trata de encontrar el favor del emperador Trajano sirviendo en el frente durante las guerras dacias; los desvelos que le llevarían a atraer la elección del sucesor del emperador en su persona; su llegada al poder y sus primeras decisiones; sus viajes de edificación y pacificación por todo el imperio; sus relaciones homosexuales con múltiples efebos; su completa admiración y respeto por Grecia como cuna de la civilización que Roma intentaba extender a su alrededor; su encuentro y posterior vida con su favorito Antinoo, etc.
Es una novela corta en extensión pero rica en acontecimientos. He de confesar que mi pobre intelecto no logró apreciar el justo significado de muchas de las alocuciones de la autora en boca de Adriano. La densidad de los temas que despacha en pocas líneas presume un conocimiento enciclopédico del mundo grecolatino que, sin duda, la autora atesoraba, pero del que yo carezco. Esto implica que la justa valoración del contenido esta fuera de mi alcance, pero he de confesar que ha conseguido despertar mi interés respecto a muchos detalles y situaciones que en la novela se tratan. A la densidad del contenido se suma un estilo muy recargado con gran extensión en frases que mezclan diversos trazos de manera concatenada pero de fácil perdida en su seguimiento por su complejidad antes mencionada. La lectura requiere una gran concentración y un buen diccionario a mano para captar gran parte del sentido de mucho de lo que se expone, lo que hace que el ritmo de la novela me parezca algo farragoso.
Me gustaría señalar que al final de la novela se incluyen un par de secciones de notas; una personal y otra referida a la documentación de la novela. En el apartado personal la autora narra, a través de breves notas autobiográficas, como se desarrollo el largísimo proceso creativo que la llevo a terminar la obra que tenemos en las manos. En esta sección encontré, quizás, el párrafo que más me intereso de la obra:
“De alguna manera, toda vida narrada es ejemplar; se escribe para atacar o para defender un sistema del mundo, para definir un método que nos es propio. Y no es menos cierto que por la idealización o la destrucción deliberadas, por el detalle exagerado o prudentemente omitido, se descalifica casi toda biografía: el hombre así construido sustituye al hombre comprendido. No perder nunca de vista el diagrama de una vida humana, que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos perpendiculares, sino más bien de tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas, y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.”
La sección referente a la documentación es simplemente abrumadora. La cantidad de textos que se citan para justificar ciertas descripciones arquitectónicas, la aparición de una persona u otra en determinado contexto y época, la justificación de la naturaleza de una relación de Adriano con determinado personaje…, etc. Sin duda el trabajo realizado por la autora solo puede ser valorado por un gran experto en la materia de la que trata la novela, pero mi corta capacidad me sugiere que fue inmenso.
Para finalizar, he de decir que la lectura de esta novela me ha agradado sin llegar a entusiasmarme por motivos que más tienen que ver con la incapacidad de mis ojos de llegar a percibir en su justa medida una belleza y profundidad que, sin duda, entreveo entre las páginas de esta obra. Sin duda os recomiendo estas lectura a poco que tengáis una inclinación natural hacia el mundo clásico y un conocimiento suficiente del mismo.
Saludos